mié, 27 de octubre de 202110 minutos de lecturaFather Hans Buob

La Pregunta del Mandamiento Mayor

Homilías bíblicas sobre los Evangelios dominicales en el año de lectura B

Pasajes de la Biblia


Marcos 12, 28-34

Homilías bíblicas


La pregunta del mandamiento mayor

Se acercó uno de los escribas, que había oído la discusión y, al ver lo bien que les había respondido, le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús respondió: El primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos. Y le dijo el escriba: ¡Bien, Maestro! Con verdad has dicho que Dios es uno solo y no hay otro fuera de Él; y amarle con todo el corazón y con toda la inteligencia y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Viendo Jesús que le había respondido con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios. Y ninguno se atrevía ya a hacerle preguntas.

En este pasaje del Evangelio tenemos el mayor mandamiento del amor, el mensaje más importante de todo el Evangelio. Desafortunadamente, solemos olvidarlo rápidamente porque lo hemos escuchado muchas veces. Un escriba se acerca a Jesús y le hace la pregunta crucial acerca del mayor de todos los mandamientos. Justo antes, él había escuchado su discusión con los saduceos acerca de la resurrección y seguía impresionado por la manera de razonar de Jesús y su excelente respuesta. A diferencia de muchos otros escribas, él parece tener una actitud positiva hacia Jesús y no le pregunta de muchos mandamientos específicos escritos por los hombres, sino acerca del primer y más importante, el que abarca todo, el mayor mandamiento. La respuesta de Jesús incluye un primer y segundo mandamiento. Ningún mandamiento es más grande y más importante que estos dos. Y ahora debemos prestarle mucha atención a lo que Jesús quiere decir.

Jesús respondió: “El primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas.” (cf. Versículos 29-30)

“Escucha, Israel” Es generalmente pasado por alto al leer el mayor mandamiento, pero está justo al inicio. Es lo primero que Dios pide: Que escuchemos. Tengo la impresión de que escuchamos muy poco. Piensa en lo siguiente: Cuando rezas, ¿escuchas también a Dios o solamente tú le hablas a Él? ¿Escuchas su voz en tu vida diaria? ¿Te preguntas a ti mismo qué quiere decirte Dios, por ejemplo, a través de un encuentro particular, en medio de éxito o fracaso, o de eventos que se escuchan en las noticias, periódicos, radio, redes? No es por nada que tenemos dos oídos y solo una boca, esta es una señal de que en nuestra oración debemos escuchar más de lo que hablamos. Se dice de la Madre Teresa que en oración escuchaba a Dios en su corazón por tres cuartos de hora, y en el último cuarto ella le hablaba a Él acerca de lo que había escuchado. Así que, “Escucha, Israel” ¡Aprende a escuchar! Ahora, no necesitas tener apariciones o escuchar algo con tus oídos, sino percibir íntimamente lo que Dios quiere decirte en medio de ciertas cosas o acontecimientos. ¡Escucha también a Dios cuando oras! Este es también el primer mandamiento en el Antiguo Testamento: “Escucha Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor” (cf. Dt 5,7; 6,4 y Ex 20,3). Él es el único Señor y hace valer su pretensión de regir exclusivamente. 

En una historia se dice que un miembro del Senado Romano pidió que Jesucristo fuera incluido en el Panteón. El Panteón era el templo en el que se encontraban todos los dioses conocidos por los romanos de esa época. Esta petición del miembro del Senado fue rechazada por los siguientes motivos: Jesucristo no acepta ningún otro dios aparte de Él, por tanto, no puede ser incluido en esta colección, en esta mezcolanza de dioses. Solamente Él, el Señor, reivindica su dominio. El Señor, nuestro Dios es el único Dios. Esta afirmación es también declaración de salvación. Si Él es nuestro Señor, también Él es nuestro Salvador, es decir, quien cuida de nosotros.

Jesús dice que debemos amar a Dios “con todo nuestro corazón”, ¿qué significa? Romano Guardini una vez dijo: “El corazón es el centro del hombre”. Debemos utilizar todas nuestras capacidades tanto emocionales como racionales, que se encuentran en nuestros corazones, como fuente de amor a Dios, y dirigirnos totalmente hacia Él en nuestras intenciones, ideas y expectativas. 

Luego, debemos amarlo “con toda nuestra alma”, es decir, amarlo con toda nuestra existencia, con todo nuestro deseo de vivir. En esto se refiere especialmente a nuestra fuerza de voluntad, porque el entendimiento y la voluntad son habilidades del espíritu. Debemos amarlo con toda nuestra alma, es decir, con nuestra fuerza de voluntad y con todo nuestro deseo de vivir. Y esto, incluye el martirio, que es la entrega de la vida. 

Debemos amarlo “con todas nuestras fuerzas”, con la completa capacidad de nuestra existencia humana. Fuerza significa con todos los medios que están a disposición del ser humano- a través de nuestras capacidades materiales, mentales y espirituales. Con absolutamente todo lo debemos amar, amar a Dios en cada manera. Con toda nuestra fuerza lo debemos amar. 

Finalmente dice: Debemos amar a Dios “con toda nuestra mente”. Esto enfatiza lo razonable de amar a Dios, si Dios es Dios, es racional amarle porque Él mismo es amor. 

La palabra griega de “amor” es “agape”. Se trata de un amor que no podemos lograr por nosotros mismos. En griego, “agape” representa un amor así. “Agape” incluye “philia”, pero significa un amor mucho más intenso. Esta palabra “agape” también es utilizada por Jesús cuando habla acerca de amar a los enemigos. Es la virtud divina del amor que nos es infundida en el bautismo, el amor del Padre por el Hijo, y del Hijo por nosotros. Es el mismo amor, es el Espíritu Santo- como persona. Por eso es tan importante pedir todos los días es Espíritu Santo. Te darás cuenta comúnmente -si lo permites- que incluso cuando humanamente te sientas enojado, rechazado o dudoso, o hasta con odio hacia alguien; y escuchas con sinceridad en tu interior; no necesitas odiar a esa persona, ni condenarlo con tus palabras, sino que puedes quedarte en silencio. Y sin suprimir tus sentimientos, darte cuenta que hay un poder en ti, de Jesús, con el que puedes verdaderamente mantenerte en “agape”, en amor, sin condenar. Que no necesitas seguir esas emociones de odio, rechazo o agresión, tampoco palabras ni actos. Ahí es cuando te das cuenta: Hay un poder en mí que es capaz de este amor. Esto es a lo que se refiere. 

Entonces, el mayor mandamiento no es simplemente una regla moral: “Debes”, sino “¡Puedes!” Esta es la afirmación correcta. A causa de salvación, a causa de tu bautismo, esta gracia es dada a ti. Si caminas con Dios, entonces se desarrollará también en ti, y por su poder divino tú puedes amar así. Y tienes que intentarlo una y otra vez para poder realmente experimentarlo: No tengo que odiar. Y cuando lo siento, debo ser consciente y cambiarlo. 

“El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (cf. Versículo 31)

En la primera carta de Juan, el apóstol Juan escribe: “El que dice: «Amo a Dios», y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?” (cf. 1 Juan 4,20). Debemos amar a nuestro hermano como a nosotros mismos. Primero, nos tenemos que preguntar: ¿Me amo como soy, en vez de como me gustaría ser? ¿Me amo como Dios quiere y me ama? ¿Me digo “sí” a mí mismo? Si no puedo hacer esto, tampoco podré decirle “sí” a mis semejantes. Te darás cuenta de esto una y otra vez, primero debemos amarnos a nosotros mismos; y para poder hacerlo debemos conocernos a nosotros mismos. ¿Cómo puede amar una persona que no se conoce a sí misma? O si alguien se repite todo el tiempo: “No soy bueno, no soy nada, de igual forma no puedo hacer nada, sería mejor que no viviera” – No puedo amarme de esa forma. 

Primero debemos ser conscientes: ¿Cuál es mi valor proveniente de Dios? Somos imagen de Dios. Dios se convirtió en hombre, arriesgó su vida- ¡solo por mí, para salvarme! ¿Cuál es mi valor ante Él? ¿Qué significo yo para Él? Cuando miro la cruz, veo cuánto valgo para Él, cuán poderoso ha sido siempre su amor y cómo lo demuestra en la cruz. No puedo decir: “No soy nada, no soy bueno para nada” así que primero, debo darme cuenta de mi valor, en el buen sentido, para permitir que Dios me diga quién soy – incluso si he experimentado rechazo entre la gente. 

En Apocalipsis dice que se le dará al vencedor una piedra blanca, en la que está escrito un nombre nuevo que nadie conoce fuera de aquel que lo recibe (cf. Ap 2,17). Mi relación con Dios es única, la relación de Dios conmigo es única y nunca existirá una igual. Es aceptarme tal como soy, eso es "amarme a mí mismo", y no de forma egoísta, sino sólo desde esta fuerza del Espíritu Santo. Con el Espíritu Santo, puedo aceptarme como soy, no como me gustaría ser; y entonces también puedo aceptar a mi prójimo como es y no como quiero que sea. 

Amar al prójimo como a sí mismo- esto también corresponde a la regla de oro del Discurso de la Montaña: “Todo lo que quieran que hagan los hombres con ustedes, háganlo también ustedes con ellos: ésta es la Ley y los

Profetas.” (Mt 7,12). Esto significa atender al prójimo, de acuerdo a sus derechos y situaciones, como se haría si se tratara de uno mismo. “Todo lo que quieran que les hagan los demás, háganlo también ustedes con ellos” dice Jesús. Así es como se ama al prójimo como a uno mismo. 

“Y le dijo el escriba: ¡Bien, Maestro! Con verdad has dicho que Dios es uno solo y no hay otro fuera de Él; y amarle con todo el corazón y con toda la inteligencia y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.” (cf. Versículos 32-33)

Este mandamiento es más importante que todos los mandamientos de sacrificios, incluso el escriba lo confiesa. En otro lugar Jesús dice: “Por

lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda” (Mt 5, 23-24). Jesús no pregunta de quién fue la culpa, sino solo el hecho de saber que mi hermano tiene algo contra mí. “[Y] vuelve después para presentar tu ofrenda”, es decir, a ti mismo. ¡Reconcíliate primero a ti mismo! Porque el amor es lo más importante en el Reino de Dios, y solemos olvidarlo. ¿Cuántas veces al día hablamos sin consideración acerca de las demás personas, cuántas veces pensamos de forma poco amable? Incluso al pasar a la par de las personas, las juzgamos negativamente- que su ropa no es adecuada, o la forma en la que camina, o algo más. Y la mayoría del tiempo no lo corregimos y seguimos con esos pensamientos negativos acerca de esa persona: “el hombrezuelo, la mujerzuela”. El amor es lo más importante en el Reino de Dios, a menudo se nos olvida. ∎