jue, 7 de abril de 202210 minutos de lecturaYOUCAT Foundation

Guerra y paz

Las siguientes preguntas y respuestas están tomadas del libro DOCAT - Doctrina Social de la Iglesia Católica.

    Ⓒ Photo by Zaur Ibrahimov on Unsplash

    Por qué necesitamos a Dios para poder lograr una paz duradera y fundamental. Por qué debe ser la Iglesia constructora de la paz y cómo puede contribuir a la reducción de los conflictos. Por qué un pacifismo radical no soluciona los conflictos y cuándo puede recurrirse a la guerra como el último medio posible.


    ¿Cómo se producen la guerra y la violencia?

    Muchas guerras se producen por el odio permanente entre pueblos, por ideologías o por la avidez de determinadas personas o grupos de hacerse con el poder y la riqueza. La guerra y la violencia, sin embargo, son un medio al que recurren las personas también por desesperación, por ejemplo, cuando no tienen voz en la política, cuando sufren hambre, pobreza, opresión u otras injusticias. En los lugares donde unos pocos ricos viven a costa de muchos pobres, esta desigualdad provoca a menudo brotes de violencia.

    ¿Qué opina la Iglesia de la guerra?

    La guerra es el peor fracaso de la paz y el que más graves consecuencias tiene. La Iglesia reprueba siempre por eso la «inhumanidad de la guerra» (GS 77, también en CIC 2307-2317). Nunca puede ser la guerra un medio adecuado para resolver los problemas que surjan entre las naciones, puesto que daña terriblemente a todos los implicados y solo provoca conflictos nuevos y aún más complejos. La guerra es siempre una «derrota de la humanidad» (papa Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático, 13 de marzo de 2003).

    ¿Qué estrategias de prevención existen para evitar la guerra y la violencia?

    La lucha por la paz no puede nunca reducirse solamente al desarme y a la represión violenta de los conflictos. La causa de la violencia es a menudo la mentira y casi siempre la injusticia. Las estructuras injustas llevan constantemente a la explotación y al sufrimiento. La falta de participación y el recorte de la libertad se manifiestan en una oposición violenta. Por eso solo puede evitarse la guerra de forma permanente donde surgen sociedades libres, en las que dominan las relaciones justas y todas las personas tienen una perspectiva de desarrollo. También la ayuda útil al desarrollo evita la guerra.

    ¿Qué sucede cuando los actores políticos no pueden procurar la paz por su propia fuerza?

    Evidentemente, en la doctrina social católica se sabe que los Estados no disponen a menudo de los medios adecuados para defenderse eficazmente por sí mismos y para conservar la paz. Por ello, además de con la ayuda al desarrollo, la Iglesia se compromete con organizaciones regionales e internacionales para promover la paz y generar confianza entre los pueblos. A menudo se manifiesta como una gran suerte que la Iglesia católica tenga una estructura internacional y no pueda ser acaparada por las naciones. De este modo, posee la libertad para emitir juicios independientes y para alentar a los cristianos que viven en regímenes injustos.

    ¿Cómo deben ser las sanciones en caso de conflicto o de peligro de guerra?

    Las sanciones de la comunidad internacional son un medio útil contra los Estados que reprimen a partes de su propia población o ponen en peligro la convivencia pacífica de los pueblos. Los objetivos de estas medidas deben formularse de forma totalmente clara. Las sanciones tienen que ser verificadas por los órganos competentes de la comunidad internacional, que deben evaluar objetivamente su efectividad y sus consecuencias prácticas para la población civil. Su objetivo es allanar el camino para las negociaciones y el diálogo; sin embargo, las sanciones no deben usarse nunca para castigar directamente a toda una población. Así, por ejemplo, el embargo económico debe tener una limitación temporal y no puede justificarse cuando resulta evidente que todos sufren de manera indiscriminada sus consecuencias.

    ¿Qué hacemos si, pese a todo, se produce una guerra?

    Las guerras de conquista y de agresión son inmorales en sí mismas. Cuando estalla una guerra, los responsables del Estado atacado tienen el derecho y el deber de organizar su defensa también con la fuerza de las armas. Los Estados tienen derecho a tener fuerzas armadas y a poseer armamento para proteger a su población de ataques externos. Asimismo, los cristianos pueden ser soldados, en la medida en que las fuerzas de seguridad sirvan a la seguridad y la libertad de un país y estén al servicio de la protección de la paz. Es un crimen utilizar a los niños y los jóvenes como soldados. Su utilización en las fuerzas armadas, de cualquier forma que sea, debe detenerse, y los «niños soldados» usados hasta ahora han de integrarse de nuevo en la sociedad.

    ¿En qué condiciones puede hablarse de una «guerra de defensa»?

    La defensa con armamento está justificada solamente bajo unas pocas y estrictas condiciones. Si se cumplen, tienen que decidir las correspondientes instituciones a las que se ha confiado la defensa del bien común. Son cuatro los criterios que tienen una importante relevancia al respecto:

    1. El daño causado por el agresor debe ser constatable, grave y duradero.

    2. No hay otros medios para impedir o deshacer el daño provocado. Deben agotarse todas las posibilidades de resolver el conflicto pacíficamente.

    3. Las consecuencias del uso de las armas para la defensa no pueden ser más graves que los daños producidos por el agresor. Las espantosas consecuencias que se siguen del uso de armas de destrucción masiva deben tenerse especialmente en cuenta en este punto.

    4. La defensa debe contar con la oportunidad realista de lograr el éxito.

    En el caso de una guerra de defensa ¿debe tener unos límites el uso de la violencia?

    Aun cuando la autodefensa con la fuerza de las armas está justificada, no deben usarse todos los medios armamentísticos para contraatacar al agresor. En todas las circunstancias deben observarse los principios tradicionales de la necesidad y de la proporcionalidad. Esto significa que en el caso de la defensa contra una agresión injustificada solamente debe recurrirse a la violencia que sea necesaria para conseguir el objetivo de la autoprotección.

    ¿Qué normas deben cumplir los soldados en la guerra?

    Los soldados están obligados a negarse a cumplir órdenes que atenten contra el derecho de los pueblos. Por ejemplo, nunca debe un soldado participar en el fusilamiento masivo de la población civil o de prisioneros de guerra, aunque se lo ordenen sus superiores. En estos casos no puede justificarse diciendo que solo ha cumplido las órdenes dadas. El soldado es responsable de sus actos.

    ¿Qué ocurre con las → Víctimas de la guerra?

    Las víctimas  VÍCTIMAS DE LA GUERRA Según el informe publicado por ACNUR a finales de 2013, Tendencias globales, hay más de 51,2 millones de personas en situación de refugiadas o desplazadas, seis millones más que el año anterior. El número total de los refugiados se divide en tres grupos: 16,7 millones de personas tuvieron que abandonar su país, 33,3 millones tuvieron que desplazarse dentro de sus países y 1,2 millones pidieron asilo en diferentes partes del mundo. De cada dos refugiados uno era un niño. En el verano de 2015 estaban en esta situación más de 60 millones de personas. La tendencia sigue en aumento. Las víctimas inocentes que no pueden defenderse contra un ataque deben ser protegidas bajo cualquier circunstancia. Esta protección concierne especialmente a la población civil. Las partes que inician la guerra son también responsables de los refugiados y de las minorías nacionales, étnicas, religiosas o lingüísticas. El intento de eliminar a grupos de población enteros mediante genocidios o «limpiezas étnicas» es un crimen contra Dios y contra la humanidad.

    ¿Qué debe hacerse cuando existe la amenaza de un genocidio?

    La comunidad internacional tiene el deber moral de intervenir a favor de los grupos que vean amenazada su supervivencia o conculcados de forma masiva sus derechos fundamentales. Este tipo de intervenciones debe atenerse estrictamente al derecho internacional y cumplir con el principio de igualdad entre los Estados. En esta perspectiva, la Iglesia apoya al Tribunal Penal Internacional, que debe castigar a los responsables de actos especialmente graves: genocidios, crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y el crimen de la guerra ofensiva.

    ¿Debe prohibirse el comercio de armas?

    La Iglesia persigue el objetivo de un «desarme general, equilibrado y controlado» (papa Juan Pablo II, 14 de octubre de 1985), ya que el enorme aumento mundial de armas constituye una considerable amenaza para la estabilidad y la paz. El principio de suficiencia, según el cual cada Estado debe poseer solamente los medios estrictamente necesarios para su legítima defensa, debe ser observado tanto por los Estados que compran armas como por aquellos que las fabrican o las proporcionan. No se pueden justificar moralmente ni la acumulación desmesurada de armas ni el comercio generalizado con ellas. También el comercio de las conocidas como armas ligeras debe ser rigurosamente controlado por los Estados.

    ¿Cuándo se permiten las armas de destrucción masiva?

    Nunca y en ninguna circunstancia. La Iglesia rechaza expresamente no solo la denominada «lógica de la intimidación», sino también, y, sobre todo, las armas de destrucción masiva y su utilización, y aboga por su eliminación y prohibición. La aniquilación indiscriminada de ciudades, países y pueblos mediante las armas de destrucción masiva –biológicas, químicas o nucleares– constituye un grave crimen contra Dios y contra el ser humano. Quien posea este tipo de armas está obligado a deshacerse de ellas.

    ¿Hay armas que no pueden usarse bajo ningún concepto?

    La Iglesia exige la prohibición de armas que produzcan efectos excesivamente traumáticos y que golpean de forma indiscriminada a cualquiera, como, por ejemplo, las minas antipersona, que siguen ocasionando daños incluso mucho tiempo después del cese de hostilidades. La comunidad internacional debe implicarse en la limpieza de los campos minados.