vie., 26 de marzo de 20215 minutos de lecturaminicatNina S. Heereman, SSD

Viernes Santo - Año B

El Viernes Santo celebramos una liturgia muy especial sin la Santa Misa. Una interpretación basada en la primera lectura y en el Evangelio.

A partir del Gloria del Jueves Santo, el órgano calla, los instrumentos musicales enmudecen y no hay más cantos; hay un silencio absoluto y un luto total en la Iglesia. En todo el mundo el Viernes Santo los católicos son llamados por la Iglesia a ayunar. Es el único día del año en el que debemos ayunar de verdad y, al menos, abstenernos de comer carne, cada uno según sus posibilidades. En este día la Iglesia no celebrará la Misa, sino una liturgia en la que se contempla la Pasión de Cristo. Los tres días que van del Jueves Santo al Domingo de Resurrección son como un misterio en tres actos.

Normalmente, en cada Eucaristía se hace presente toda la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo. El Jueves Santo también se celebra la Santa Misa. Pero esta Misa continúa en realidad hasta la Vigilia Pascual, hasta la Resurrección, y a lo largo de los tres días desplegamos los distintos misterios de la Misa: el jueves la institución de la Eucaristía, el viernes la muerte de Cristo en la Cruz. ¿No queremos ser como los discípulos que huyeron, sino como María y Juan que estuvieron con Cristo bajo la Cruz? Entonces la liturgia del Viernes Santo es el momento de unirse a ellos. Solemos pensar que a Jesús no le importaría, pues es el buen Dios. No, Jesús también tenía un corazón humano. Él se alegra con todo aquel que esté presente y que atraviese junto con él lo que hizo por nosotros.

¿Cómo funciona la liturgia de esta tarde? Como ya se ha dicho, no es una Misa, pero tiene una estructura similar. Al principio vemos al sacerdote vestido de rojo -el color de la sangre de Cristo, el testimonio de quién es Cristo, y al mismo tiempo el color de su realeza- tendido en el suelo ante el altar, haciéndonos visible, in persona Christi, lo que Cristo está haciendo ante el Padre. En la Sagrada Escritura se dice: "Sacrificio y ofrenda no quisiste, aquí vengo para hacer, oh, Dios, tu voluntad", dijo Cristo al entrar al mundo (cf. Hb 10,5-7). Y ahora está tendido en el suelo y el sacerdote, con este gesto, repite, por así decirlo, las palabras que también dijo en su ordenación: "Adsum, aquí estoy, Padre. He venido a hacer tu Voluntad". La Carta a los Filipenses dice: "Cristo se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz". (cf. Flp 2,8) Él vino a quitar nuestra desobediencia, especialmente la desobediencia de Adán al Padre, mediante su total obediencia hasta la muerte. Y todo esto se simboliza en este sacerdote tendido en el suelo diciendo al Padre: "Aquí estoy para hacer tu Voluntad". Esa Voluntad es que Cristo muera en la cruz por nuestros pecados.

Esto también está muy en consonancia con el tema de la primera lectura, en la que escuchamos el cuarto canto del Siervo de Dios y merece especialmente la pena analizarlo, porque es la profecía más fuerte de todo el Antiguo Testamento sobre el sufrimiento de Cristo. Estas palabras no se aplican a nadie más que a Cristo. Dice de su sufrimiento: “No hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga nuestra mirada, ni belleza que nos agrade en él. Despreciado y rechazado de los hombres, varón de dolores y experimentado en el sufrimiento; como de quien se oculta el rostro, despreciado, ni le tuvimos en cuenta. Pero él tomó sobre sí nuestras enfermedades.” (Is 53,2-4) Cuando Cristo curaba una enfermedad, no hacía simplemente “abracadabra”. Él tomó cada enfermedad que curó sobre sí mismo, sobre su propia carne.

“Él cargó con nuestros dolores, y nosotros lo tuvimos por castigado, herido de Dios y humillado. Pero él fue traspasado por nuestras iniquidades, molido por nuestros pecados. El castigo, precio de nuestra paz, cayó sobre él, y por sus llagas hemos sido curados.” (Is 53,4-5) Aquí entra plenamente lo que llamamos la muerte sustitutiva de Cristo: Él toma sobre sí la muerte en nuestro lugar. "el salario del pecado es la muerte" (Rm 6,23). Cristo asume esta muerte eterna para que nosotros no tengamos que morir eternamente. La primera carta de Pedro dice: "Subiendo al madero, él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia: y por sus llagas fueron sanados" (1 P 2,24) "A él, que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que llegásemos a ser en él justicia de Dios.". (2 Co 5,21) Cristo lleva hoy a la cruz, en su propio cuerpo, todo lo que divide a la humanidad haciendo plena expiación por cada pecado cometido, para que podamos ser libres. Si aceptamos esta muerte de cruz nos vemos debajo de la cruz como santos absolutamente justificados ante el Padre.

“El Señor cargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue maltratado, y él se dejó humillar, y no abrió su boca; como cordero llevado al matadero, y, como oveja muda ante sus esquiladores, no abrió su boca. Por arresto y juicio fue arrebatado. De su linaje ¿quién se ocupará?” (Is 53,6-8). Y a la gente de hoy, ¿por qué debería importarle que Jesús muriera en la cruz? “Fue arrancado de la tierra de los vivientes, fue herido de muerte por el pecado de mi pueblo. Y se puso con los impíos su sepulcro, y con el rico su tumba.” (Is 53,8-9). Aquí ya se profetizó que sería crucificado entre dos criminales. “Dispuso el Señor quebrantarlo con dolencias. Puesto que dio su vida en expiación, verá descendencia, alargará los días, y, por su mano, el designio del Señor prosperará.” (Is 53,10). Aquí se indica ya la respuesta del Padre a la muerte del Hijo: la resurrección de entre los muertos, que no se celebrará sino hasta el domingo de Pascua.

Luego viene la segunda lectura, tomada de la Carta a los hebreos. Dice: “Ya que tenemos un Sumo Sacerdote que ha entrado en los cielos — Jesús, el Hijo de Dios—, mantengamos firme nuestra confesión de fe. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino que, de manera semejante a nosotros, ha sido probado en todo, excepto en el pecado. Por lo tanto, acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, para que alcancemos misericordia y encontremos la gracia que nos ayude en el momento oportuno.” (Hb 4,14-16) Esa cruz es hoy el altar. De ahí desciende hacia nosotros la Misericordia, el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Luego viene el Evangelio, con la Pasión del Evangelio según San Juan, con la importantísima frase en el medio: " Aquí tienen al hombre" (Jn 19,5). Cuando vemos al Cristo sufriente, vemos lo que el pecado ha hecho del hombre. Él toma sobre sí esta deformación y desfiguramiento total para hacernos de nuevo radiantemente bellos. Después viene algo muy bonito. Normalmente es cuando se realiza el ofertorio, pero esto no tiene lugar. En cambio, la cruz velada es llevada a la iglesia y luego descubierta para que la veneremos y la besemos. En la mayoría de las iglesias es posible arrodillarse y besar las heridas de Cristo. Mientras tanto - desde los primeros tiempos de la Iglesia - se cantan los llamados improperios. Allí escuchamos a Cristo decirnos: "Pueblo mío, pueblo mío, ¿qué te he hecho? Te he sacado de Egipto. He hecho todo por ti. ¿Qué he hecho por ti para que respondas así a mi amor? Responde." Luego, como en toda otra liturgia, recibimos la Eucaristía, por la que, al fin y al cabo, rezamos todos los días: "Danos el pan de cada día". Aunque no tengamos Misa hoy, tenemos la Eucaristía y luego permanecemos en silencio y venerando la Cruz. ∎