vie, 30 de julio de 20215 minutos de lecturaminicatNina S. Heereman, SSD

La Transfiguración del Señor

El 6 de agosto, la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor. Este es el momento de la vida de Jesús en el que, por única vez, su naturaleza se revela verdaderamente en toda su gloria.

Pasajes de la Biblia


Daniel 7,9-10,13-14; 2 Pedro 1,16-19; Marcos 9,2-10

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El 6 de agosto, la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor. Este es el momento de la vida de Jesús en el que, por única vez, su naturaleza se revela verdaderamente en toda su gloria. Es el momento en el que sube al Monte Tabor junto a sus discípulos Pedro, Santiago y Juan, y “se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos” (Mc 9, 2-3). Su divinidad irrumpe visiblemente. Normalmente, en la superficie, Jesús parece un ser humano cualquiera. El verdadero milagro no es que su divinidad se vuelva visible, sino que la divinidad de Jesús es, por lo demás, casi siempre invisible en su vida. Pero en la Transfiguración -como es llamado este acontecimiento por los teólogos-, por un momento el Padre Celestial quita el velo para que los tres discípulos puedan ver quién es realmente su Maestro: el Hijo de Dios encarnado.

Este es un misterio que nadie puede comprender de la noche a la mañana. Está más allá de nuestro entendimiento lo que significa que Dios se haga hombre. Por eso no es de extrañar que Dios preparase a la humanidad, inicialmente al pueblo de Israel, por más de 1000 años. Todo el Antiguo Testamento cuenta cómo el Pueblo de Israel es preparado para el misterio de Dios que se hace hombre.

En la primera lectura de hoy, escuchamos una de estas profecías premonitorias. El profeta Daniel tiene una visión en la cual ve la corte celestial: Dios Padre es retratado como un hombre viejo y sabio, sentado en una silla y rodeado de imágenes apocalípticas que enfatizan su divinidad (cf. Dn 7, 1-14). Delante suyo hay un hijo de hombre al que se le ha dado el dominio sobre todo el mundo, más aún, sobre todo el universo. “Y le fue dado el dominio, la gloria y el reino, y lo sirvieron todos los pueblos, naciones y lenguas. Su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su reino no será destruido” (Dn 7, 14). Un exegeta y rabino judío llamado Daniel Boyarin interpreta este pasaje como una indicación de que debe haber más de una persona en Dios, porque el Hijo de Hombre que es presentado ante Dios es más que un hombre, más que los ángeles. Es una segunda persona en la Divinidad. Aquí, entonces, es ya revelado que hay un misterio en Dios que es insondable para los seres humanos y que solo queda accesible para nosotros por medio de la revelación plena en Jesucristo.

En la segunda lectura, escuchamos a San Pedro confesar: “Pues os hemos dado a conocer el poder y la venida futura de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto, él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la suprema gloria le dirigió esta voz: «Este es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias». Y esta voz venida del cielo la oímos nosotros estando con él en el monte santo.” (2 Pe 1, 16-18).

Pedro quiere decirnos aquí que nosotros no creemos en una historia cualquiera, sino que los discípulos vieron por sí mismos que Jesús es el Mesías prometido por todos los profetas. Ninguno de los profetas se hubiera atrevido a soñar que él también sería el Hijo de Dios vivo. Pedro no está siguiendo una fábula ingeniosa, sino que ha visto la gloria de Dios, tal como el Evangelio lo testifica: “Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo, a ellos solos aparte, a un monte alto y se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos” (Mc 9, 2-3). Las ropas blancas y brillantes, que parecen hechas de luz, simbolizan la divinidad de Cristo irrumpiendo desde debajo del velo de su humanidad y transfigurándola perfectamente. La luz de esta divinidad es tan deslumbrante que ninguno de nosotros podría soportarla. No en vano el Antiguo Testamento dice: “Pero tú no puedes ver mi rostro, porque ningún hombre puede verme y seguir viviendo” (Ex 33,20). Así como no podemos mirar directamente al sol por un período extendido de tiempo, no podemos contemplar la Divinidad a simple vista hasta que seamos transformados en la resurrección de la carne.

Los tres discípulos caen de bruces. No saben qué decir, pero el punto crucial es que escuchan al profeta Elías y al profeta Moisés hablando con Jesús. Estos dos profetas representan las dos partes centrales del Antiguo Testamento: Moisés representa a la Torá, también llamada Pentateuco, y Elías, a los libros históricos, desde Josué hasta el segundo libro de los Reyes, los llamados “profetas anteriores” en el judaísmo. Los dos profetas, Elías y Moisés, están hablando con Jesús. Esto muestra que el Antiguo Testamento entero trata acerca del misterio del Hijo del Hombre. Ellos lo proclaman, y él abre nuestros ojos para comprender las Escrituras.

Con esta imagen, el evangelio de la Transfiguración del Señor nos invita a tomar las Escrituras en nuestras manos y a entrar en conversación con Jesús por medio de su lectura. Toda la Escritura, incluso el Antiguo Testamento, habla de Jesús. Lo que San Jerónimo dijo hace 1600 años sigue siendo cierto: “La ignorancia de las Escrituras es la ignorancia de Cristo”. Pero Dios nos da el Espíritu Santo, los Padres de la Iglesia, los santos y los teólogos, la exégesis moderna y el catecismo para abrir las Escrituras e introducirnos gradualmente en el misterio de Cristo revelado en ellas. Jesús mismo entendió el misterio de su vida desde el Antiguo Testamento, como queda claro hoy con Elías y Moisés. Por tanto, cuánto más necesitamos estudiar el Antiguo Testamento para conocerlo mejor y así amarlo más.

La fiesta de la Transfiguración del Señor es una invitación a ir con Jesús a la montaña –el lugar de la presencia de Dios–, como los apóstoles. Solo podemos conocer a Jesús en la oración. No somos nosotros quienes lo investigamos a Él como un científico investiga un objeto, sino que es Él quien se revela a nosotros. Él quiere revelarse a sí mismo a nosotros. Él quiere revelarse a nosotros como lo hizo con los discípulos. Él quiere mostrarnos quién es: Aquel a quien es dado el dominio sobre todo el universo, Aquel para quien fuimos creados y Aquel que quiere salvarnos. Él quiere revelarse a sí mismo de manera personal a cada uno de nosotros. Por lo tanto, deja que te invite a subir la montaña con Él para que, como Pedro, podamos dar testimonio de Él, porque lo hemos conocido personalmente y se nos ha revelado corporalmente. ∎